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El artista cubista que jamás existió
Artículos | 23 OCT 2020 Por Brenda J. Carrión

“Arte: convertir la verdad en mentira, para que no deje de ser verdad.” Jusep Torres Campalans

En el año 1958 se inaugura en la galería Excelsior en Ciudad de México una exposición de un recién descubierto artista de origen catalán: Jusep Torres Campalans. Nacido en 1886 y fallecido en 1957, Campalans fue descrito como un hombre alto, fuerte, de mirada endurecida y de carácter duro con una devoción a su catolicismo español. Originario de la provincia de Lérida, cuando alcanza su adultez, se muda a París donde formó amistades con artistas celebrados como Pablo Picasso y Jacques Braques, e incluso rivalidades con Juan Gris, su competidor por el tercer puesto del cubista más celebrado.

En 1914, después de 8 años de intensa producción artística, y ante el estallido de la guerra civil española, Campalans decide exiliarse en las cordilleras de Chiapas, México, donde pasaría el resto de su vida. Su último contacto con el mundo artístico de Europa es una breve entrevista con Max Aub, un escritor español asentado en México, a quien conoce por casualidad en una librería en San Cristobal de las Casas. Aub, fascinado por su historia, se dió a la tarea de reunir toda la información posible sobre la vida de Campalans. Cuadros, cartas, catálogos, folletos, diarios, bocetos e incluso una fotografía de la juventud del artista posando con Picasso, Aub reunió todo un archivo de su vida con el cual publicó un libro y aseguró una exposición en México.

La historia de su increíble vida y el misterio de cómo un artista de gran talento pudo pasar desapercibido, fue una fórmula mágica de detonó la fascinación del público hacia Campalans. A la exposición se le concedieron notas en primera plana de los periódicos locales y aplausos textuales de críticos famosos de la época. Todos querían conocer al que era señalado, incluso por el propio Picasso, como el verdadero padre del cubismo.

Excepto que todo era mentira.

Campalans fue un personaje inventado por el propio Max Aub, quien coludido con una serie de artistas, galeristas y escritores, crearon la excepcional vida de Jusep Torres Campalans. ¿El motivo? Una broma bastanta elaborada dirigida al mundo del arte. Poco después de la exposición, y de las atenciones recibidas hacia el trabajo del falso artista, el escritor reveló la verdad sobre su origen.

Las obras, fotografías y el diario personal del artista habían sido creadas por el escritor, y bajo su dirección, los demás participantes de la farsa crearon cartas, reseñas, invitaciones, biografías, catálogos e incluso anécdotas de cómo conocieron al inexistente artista. La cantidad de información sobre su vida era tal que nadie se atrevió a cuestionar su existencia, ni siquiera los medios de comunicación. El propio Pablo Picasso fue un entusiasta partícipe de la estafa señalando una supuesta amistad, y el célebre escritor mexicano, Carlos Fuentes, participó en la creación de folletos sobre el artista.

La hazaña de la mentira fue tan grande que 4 años después, en 1962, la Galería Brodley de Nueva York decidió incluir al falso artista en una exposición colectiva con el texto “Jusep Torres Campalans (…) Invención de Max Aub”. Y en años más recientes, 2003, el museo español Reina Sofía, recordó al personaje ficticio como una especie de “merecido tributo al ingenio humorístico y talento narrativo de Max Aub”, exponiendo sus obras falsas junto con piezas de artistas de gran talla como Amadeo Modigliani, Pablo Picasso, Henri Matisse, Piet Mondrian, entre otros.

En la actualidad, el caso de Torres Campalans es estudiado por la rama de la literatura como una proeza literaria. El sistema de Max Aub para desarrollar una persona completa que tuviera, no solo una biografía escrita, pero también pensamientos propios (plasmados en un diario llamado “el cuaderno verde”), obras, evidencias de su existencia y una historia que se relaciona con la de personas y eventos reales, hacen de Jusep Torres Campalans una persona en la frontera de ser real, a quien lo único que le faltó para estar vivo era la habilidad para respirar.

Fuentes: Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, Historia-arte y Museo Reina Sofía.

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